La temperatura es uno de los principales factores que definen el funcionamiento de cualquier sistema natural, después de todo describe el nivel de energía presente en un cuerpo y la manera en la que esta energía se mueve dentro de un sistema. 

Este principio aplica a todos los niveles y por tanto las alteraciones de la temperatura suelen tener efectos observables a múltiples escalas, ya sea afectando la velocidad de las reacciones químicas, modificando las vías metabólicas de los microorganismos, incidiendo sobre las funciones biológicas de los organismos superiores o afectando la manera en la que estos se interrelacionan con el medio ambiente, es decir su ecología. 

Con esto en mente no nos debería sorprender que el aumento sostenido en la temperatura superficial de la tierra afecte sus sistemas meteorológicos dando lugar al cambio climático.

El factor principal que impulsa el clima de la tierra es la incidencia de la luz solar, esta calienta la superficie del planeta haciendo que las corrientes de aire fluyan y evaporando los cuerpos de agua, lo cual hace que el vapor de agua se acumule en las capas de aire. 

La interacción entre el movimiento de las capas de aire, la humedad atmosférica y las variaciones en la incidencia de luz solar dan forma a los patrones de precipitación, temperatura y vientos que conforman el sistema meteorológico de nuestro planeta. 

Entonces es lógico que el aumento de la temperatura superficial al que llamamos calentamiento global afecte los patrones meteorológicos dando lugar al cambio climático que amenaza la ecología de nuestro medio ambiente.

 

El calentamiento global produce sequías pronunciadas en latitudes altas aumentando el riesgo y la intensidad de los incendios forestales.

 

Pero los efectos del calentamiento global no solo modifican los patrones climáticos a los que ya estamos acostumbrados, además se ha confirmado una correlación entre el aumento de la temperatura y la subida en la frecuencia de las catástrofes naturales que caracterizan el cambio climático. 

Esta alza también puede explicarse con las alteraciones causadas por el aumento de temperatura. Un ejemplo evidente son los incendios forestales, que son resultado de los veranos más secos y largos en los cuales se acumulan grandes volúmenes de vegetación marchita preparadas para arder a lo largo de kilómetros de distancia. Estos incendios no solo destruyen la cobertura vegetal sino que también afectan la ecología de los suelos haciendo que retengan una menor cantidad de agua.

De igual manera las inundaciones se han vuelto cada vez más severas debido a que el aumento de la temperatura recae en una mayor tasa de evaporación y, por consiguiente, una mayor precipitación; a esto hay que sumarle el hecho de que las primaveras más cálidas generan deshielos más caudalosos en las latitudes altas. Estos factores generados por el calentamiento global se apoyan mutuamente resultando en las descomunales inundaciones que hemos visto en los últimos años que desdibujan los lechos de los ríos afectando a los ecosistemas ribereños. 

El aumento de la precipitación y los deshielos ha dado lugar a inundaciones de proporciones inesperadas.

 

Pero el cambio climático nos depara catástrofes aún más severas, el aumento de la temperatura superficial en los océanos está alterando las variaciones regulares del fenómeno de El Niño amenazando con reformar por completo la ecología de gran parte del mundo; de igual manera se espera que los altos niveles de vapor de agua atmosférico fortalezcan a los huracanes y tormentas tropicales siguiendo la tendencia de tormentas cada vez más destructivas vista durante los últimos años; y todo esto sin incluir otros efectos cómo la acidificación de los océanos, los inviernos recrecidos en latitudes medias y las sequías que amenazan con consumir el suministro de agua de poblaciones enteras.

Ante tales amenazas nuestra mejor precaución es cortar las pérdidas y prepararnos para disminuir lo más posible nuestra vulnerabilidad ante las catástrofes causadas por el cambio climático, al mismo tiempo que tomamos las actividades necesarias para detener el avance del calentamiento global.