El futuro que nos aguarda trae consigo toda una serie de desafíos de distintas escalas. Estos van desde retos magnánimos como dejar atrás nuestra dependencia de los combustibles fósiles a otros fastidiosamente cotidianos como acostumbrarnos a medir nuestra huella personal de carbono.

La huella personal de carbono no es más que un indicador ambiental que refleja la cantidad de gases de invernadero que una entidad, proceso, evento o producto libera hacia el medio ambiente en un periodo de tiempo dado.

Esta cantidad se mide en unidades de masa de carbono equivalentes con la finalidad de estandarizar el efecto de distintos gases de invernadero.

A medida que ganamos conciencia sobre el papel que juega la humanidad en la problemática del cambio climático, esta ha cobrado cada vez más importancia en los sectores empresariales y sociopolíticos, y lentamente se abre paso hasta el ámbito personal.

Un conocimiento claro acerca de su huella de carbono ofrece a una persona beneficios similares a los que le brinda a las empresas o instituciones.

Da la capacidad de comprender mejor cómo nuestras acciones se relacionan con el cambio climático y decidir de manera precisa cuáles conductas debemos remover o corregir para acercarnos más a la sostenibilidad.

La gran diferencia suele verse en que aunque las huellas personales de carbono son mucho más pequeñas que las empresariales, una vez que se promedian las emisiones de carbono directas e indirectas, no suelen variar demasiado a menos que la directiva se proponga reducirlas.

Las emisiones de las personas, por el contrario, pueden variar bastante de persona a persona y de periodo en periodo, basadas simplemente en los hábitos de las personas y las fluctuaciones que se dan en su estilo de vida.

Los pilares que sostienen una huella personal de carbono

En general se dice que la huella personal de carbono se fundamenta en cuatro pilares discretos, estos son el alojamiento, el transporte, la alimentación y el consumo.

El primero refleja los gases de invernadero a los que equivalen nuestra vivienda y los servicios de los que disponemos en ella (electricidad, agua y gas entre otros) el uso de cada uno de estos servicios, en conjunto con las cualidades y dimensiones de nuestra vivienda, engrosa nuestra huella de carbono.

De igual manera, el transporte se refiere a la cantidad de emisiones fruto de nuestra movilización. Puede ser bastante discreta en el caso de peatones que toman el transporte público ocasionalmente, moderada para quienes usan su vehículo y sorprendentemente elevada para aquellos que por cualquier circunstancia viajan regularmente en avión.

La alimentación es un tema más delicado pues se centra en los gases invernadero liberados para producir y procesar los alimentos que consumimos.

Una buena regla para acercarse a la sostenibilidad es evitar los alimentos procesados que vienen de lugares lejanos, pues el procesamiento y transporte constituyen en gran medida la huella de carbono de los alimentos.

Finalmente el consumo se refiere a la cantidad de energía que utilizamos, dependiendo de su procedencia y la manera en la que la usamos puede ser el pilar más fácil de manejar o el más difícil.

Huellas saludables

Medir nuestra huella de carbono personal puede parecer abrumador en un principio pero ayuda recordar que no estamos solos en ello, alcanzar la neutralidad climática y posteriormente la sostenibilidad es una meta de todos.

Por tanto las empresas y autoridades se esfuerzan para brindarnos servicios y bienes que podamos aprovechar sin preocuparnos por su efecto sobre nuestra huella personal de carbono.