La conexión entre el agua y la vida es evidente sin dejar de ser profunda. Cualquier persona puede notar fácilmente que necesitamos beber agua para mantenernos con vida, observadores más perspicaces podrían señalar que las plantas y algas que renuevan el aire respirable de la atmósfera necesitan tener agua disponible para crecer de manera saludable, pero la conexión entre el agua y la vida va mucho más lejos y llega hasta el fondo de nuestro ser, la unidad básica que conforma a todo ser vivo, la célula.

Las células son la forma de vida más elemental y simple, pueden vivir como organismos solitarios, asociarse conformando colonias o incluso organizarse en formas más complejas dando lugar a los tejidos que forman los cuerpos de organismos superiores como animales y plantas. Las células están compuestas principalmente por agua que conforma un fluido llamado citoplasma en el cual flotan las estructuras internas de la célula.

Gracias a este medio interno acuoso, las células pueden transportar sustancias dentro de sí mismas y producir las reacciones químicas necesarias para mantenerse vivas. También es fundamental recordar que las moléculas de agua son indispensables para muchas de las reacciones químicas básicas de la célula, entre estas destacan las reacciones de respiración y fotosíntesis celular que respectivamente producen y consumen moléculas de agua.

De allí proviene la insaciable sed de las plantas y animales. Cada organismo necesita renovar el agua que sus células y tejidos utilizan para sus funciones fisiológicas es por este motivo que todos los seres vivos deben consumir agua regularmente para mantener una buena salud.

Más allá de la célula, agua ambiental

Diatomeas vistas a través del microscopio

Pero el agua no solo sirve para beber, después de todo la mayor parte de los seres vivientes del planeta también habitan en ella. Ríos, lagos, humedales, marismas, arrecifes y litorales son solo unos pocos de los muchísimos ecosistemas acuáticos que hay en el planeta; algunos como los manglares o arrecifes coralinos destacan por su biodiversidad, mientras que otros como las aguas oceánicas y las playas arenosas destacan más por la abundancia de sus habitantes. 

Lo que todos estos ecosistemas acuáticos tienen en común es que ofrecen una variedad de servicios biológicos que permiten que nuestro planeta siga funcionando. Los ríos transportan nutrientes desde las montañas hasta los bosques y planicies «fertilizándolos» en el proceso. Los océanos y glaciares absorben y reflejan luz solar respectivamente, evitando que el planeta se sobrecaliente y estabilizando sus patrones climáticos.

Los manglares y las lagunas costeras sirven también como punto de anidación y guardería para muchas especies de peces, crustáceos, aves, reptiles, insectos y mamíferos. Todos estos ecosistemas cumplen sus funciones gracias a las cualidades del agua que los compone y les da forma.

Desde el origen hasta el presente

Chimeneas hidrotermales

El origen de la vida es todavía un misterio para los investigadores, lo que sí está claro es que el agua tuvo un papel fundamental en ese evento. El agua fue lo que permitió que la temperatura de la superficie terrestre disminuyese hasta el punto en el cual pudiese albergar vida. De igual manera las nubes de vapor de agua actuaron como una barrera que protegía a las primeras formas de vida de la dañina radiación solar. Por último, los océanos primordiales ofrecieron un ecosistema estable donde las primeras formas de vida pudieron desarrollarse y evolucionar dando lugar a toda la variedad de organismos que viven actualmente.

Con esto en mente, resulta evidente que la vida en nuestro planeta está profundamente ligada al agua. Ya sea como componente fundamental de nuestras células, parte vital del funcionamiento de los ecosistemas o como el vínculo que nos une a nuestro origen ancestral; el agua nos acompaña en cada faceta de la vida.