Resulta difícil explicar lo aterradora que puede ser la idea del calentamiento global sin la descarbonización. Después de todo, los expertos coinciden en que, más allá de los efectos que hemos percibido hasta ahora por nosotros mismos, lo peor aún está por venir.

En el presente las estimaciones nos indican que no existe manera alguna de evitar el aumento de temperatura que nuestro planeta sufrirá en las próximas décadas, al igual que no existe manera alguna de revertir este cambio.

Sin embargo, la esperanza surge aún en la adversidad, pues aunque no podamos evitar el calentamiento global ciertamente podemos actuar para desacelerar su progreso y evitar que su efecto sobre nuestro planeta sea aún más nefasto.

Este es el razonamiento detrás de la descarbonización, un movimiento que busca disminuir al mínimo posible la liberación de gases de efecto invernadero con la finalidad de disminuir el aporte antropogénico del calentamiento global.

La descarbonización se logra mediante el uso de tecnología que produce emisiones bajas o nulas de gases de efecto invernadero en cada uno de los sectores que conforman la economía.

De esta manera se forma la economía baja en carbono, que se espera sirva como pionera para la futura sociedad de carbono cero.

Esta es una forma de sociedad dónde la emisión de gases de efecto invernadero sea nula a efectos ambientales, con una nueva forma de economía basada en el uso de energías renovables.

Cuando se dice de esta manera puede sonar como ciencia ficción, pero como suele pasar, el futuro está más cerca de lo que imaginamos.

Debido a la creciente amenaza del calentamiento global, muchos países dan sus primeros pasos por la senda de la descarbonización a medida que se dirigen hacia la sostenibilidad.

Una encrucijada al comienzo del camino hacia la descarbonización

La pregunta obvia ante la descarbonización es: ¿Qué formas de energía utilizar en lugar de combustibles fósiles?

Actualmente se encuentran dos opciones que se perfilan como las más viables a futuro, la energía nuclear en conjunto con la captura y el almacenamiento de carbono, o el uso de fuentes de energía renovables.

Cada una de estas alternativas tiene sus ventajas y desventajas propias, pero ciertos factores hacen que la balanza se desnivela a favor de las formas de energía renovable.

Para empezar, los costos de construcción y operación de las centrales eléctricas nucleares suelen ser bastante elevados, esto las hace una solución poco llamativa en momentos que requieren una acción rápida.

Además, mucha de la tecnología pensada para los sistemas de captura de carbono siguen en fase de desarrollo y sin garantía de ofrecer un desempeño satisfactorio. 

Por otro lado, las tecnologías de energía eólica, solar e hidroeléctrica han tenido un gran crecimiento en los últimos años, dando lugar a una disminución en sus costos de construcción y mantenimiento.

Gracias a esto, la infraestructura de las energías renovables es más barata y accesible que nunca. Por esta razón. muchos de los grupos involucrados en movimientos de descarbonización ven a las energías renovables como la mejor alternativa para la economía de bajo carbono.

Oportunidades sin carbono

Pero quizás el punto decisivo a favor de las tecnologías de energía renovables es que se encuentran más fácilmente al alcance de los países en vías de desarrollo.

En el pasado, el crecimiento y desarrollo de los países se definía en base a sus reservas de recursos naturales, principalmente combustibles, pero en una economía de sostenibilidad generada por la descarbonización, quizás incluso a las naciones de bajos recursos puedan desarrollarse sin degradar su medio ambiente.