Las praderas marinas son plantas con flores que se encuentran en aguas poco profundas (entre los 0 y los 20 metros) en numerosos rincones del planeta.

Desde los trópicos hasta el círculo polar ártico, las praderas marinas abarcan más de 300.000 kilómetros cuadrados en al menos 159 países y son consideradas verdaderos ingenieros de ecosistemas. 

Estas praderas, ya sean de Oosidonia o de otras fanerógamas marinas, sólo cubren entre el 1 y 2 % del fondo marino, pero son ecosistemas muy ricos y de suma importancia para la fauna.

Esto debido a que en ellas encuentran protección y hábitat de crianza infinidad de especies que luego pueblan los arrecifes de coral, los manglares y las aguas de mar adentro.

¿Cuál es la importancia de estas praderas oceánicas?

Según los biólogos, las praderas marinas se consideran un equivalente de los bosques primarios por sus funciones ecológicas. Son plantas superiores adaptadas al medio marino que desarrollan ecosistemas vitales y milenarias redes ancladas en fondos blandos.

Quizá lo más conocido es que estos ecosistemas son biológicamente ricos y altamente productivos, y proporcionan valiosos hábitats de cría para más del 20 % de las 25 pesquerías más grandes del mundo.

Pueden filtrar patógenos, bacterias y contaminantes, y albergan especies en peligro de extinción como los dugongos, caballitos de mar y tortugas marinas.

También habitan cangrejos ermitaños, esponjas, langostas espinosas, estrellas, pepinos, erizos, etc. 

Son el alimento principal de la tortuga verde (en peligro de extinción), especie clave para controlar la densidad del follaje y la longitud de las hojas de los pastos.

Pero también cumplen un papel muy importante en el debilitamiento de marejadas ciclónicas, minimizan las fuerzas hidrodinámicas (oleaje) y protegen las costas de la erosión.

Es bien sabido que donde hay praderas marinas el agua es más clara.

Otra de sus funciones es que sirven de sumidero de carbono, y contribuyen a capturar 10 % del carbono almacenado por los océanos, llamado carbono azul.

Además, pueden retener carbono de la atmósfera hasta 35 veces más rápido que los bosques tropicales.

Lamentablemente, desde la década de 1930 se ha observado un declive de las praderas marinas a nivel mundial y se encuentran entre los ecosistemas costeros menos protegidos.

A menudo se enfrentan presiones acumulativas a causa del desarrollo costero, la escorrentía de nutrientes y el cambio climático.

La pradera marina reina del Mediterraneo 

La Posidonia oceánica, endémica del Mar Mediterráneo, también conocida como hierba de Neptuno, crece a lo largo de cientos de kilómetros.

Es uno de los organismos más antiguos del mundo y se calcula que existe desde hace 100.000 años. Sin embargo, casi el 30 % de la Posidonia del Mediterráneo ha sido destruida, según un estudio de Nature en 2015. 

Una hectárea de Posidonia oceánica puede absorber tanto dióxido de carbono como 15 hectáreas de selva tropical, así lo refleja un informe de la Unesco por Carlos Duarte, biólogo marino de la Universidad Rey Abdulá de Arabia Saudí. 

Es el pulmón del Mediterráneo por la gran cantidad de oxígeno que produce. Lamentablemente, la Posidonia ya se encuentra en un estado frágil por las amenazas humanas.

El uso masivo de los anclajes de las embarcaciones de recreo arrancan de raíz estas praderas marinas únicas, que además crecen extremadamente lento.

El Gobierno español ha prohibido a los propietarios de embarcaciones echar el ancla en determinadas zonas de las Islas Baleares por esta misma causa.

En general, las principales amenazas para las praderas marinas son la escorrentía urbana, industrial, agrícola y desechos arrastrados por los ríos.

El desarrollo costero, la pesca y las actividades de navegación, junto a la introducción de especies exóticas, en conjunto al cambio climático no hacen más que sumar de manera negativa a los océanos.