Ante la creciente y rápida expansión de los medios digitales, el mundo consume -de forma sistemática y acelerada- información de una manera cada vez más agobiante y con consecuencias negativas para la humanidad.

A partir de la acelerada evolución del mundo digital, muchas cosas han cambiado respecto de la forma de acercarnos al conocimiento y la información y, dichos cambios se han dado de manera muy rápida, lo que representa serias dificultades a cada persona.

No es para nada extraño encontrarnos con que no alcanzamos a terminar de consumir algunos contenidos cuando ya han surgido otros nuevos. Todos estos cambios y la velocidad de con el que aparece nueva información y nos relacionamos con ésta, también generan nuevos términos relacionados con el fenómeno. Uno de los casos es el de: infoxicación o infobesidad.

Infoxicación es simplemente la fusión de los términos intoxicación e información. Se deriva de una expresión en inglés, «information overload», que significa sobrecarga de información. En tal sentido, hace referencia a las complicaciones que tenemos los seres humanos para procesar la enorme cantidad de datos a los que se exponemos día tras día.

A veces, nuestro cerebro se comporta como un glotón. Devora noticias, se atraganta con información, se empacha de datos. Y las consecuencias suelen ser muy tóxicas.

Mas allá de la impresión que nos cause este despropósito, lo cierto es que cada vez mas estudios científicos demuestran que a mayor cantidad de tiempo frente a las pantallas, mayor incidencia de problemas de salud mental, depresión, ansiedad, deterioro de las funciones cognitivas, e incluso algo llamado “demencia digital».

En pocas palabras, estamos quemando nuestros cerebros.

¿Qué hacer entonces? Dado que hablamos de infobesidad, es perfectamente comprensible hablar entonces de una “dieta de información”, con la que, además de adelgazar en contenidos, se puede estar más ágil, menos dependiente y libre de estrés. 

Es tan sencillo como dedicar un poco de tiempo a decidir qué es lo realmente importante para nuestra rutina diaria, qué información merece nuestra atención, y seleccionar unas pocas aplicaciones y el contenido que se adecúa a esos intereses concretos, desechando todo lo demás.

«El cerebro es muy flexible, pero tiene poca capacidad de almacenaje» apunta el neurocientífico Manuel Martín-Loeches, según un artículo de la Cadena Ser. La solución pasa «por adaptar el cerebro a la nueva era, encontrar estrategias para buscar los datos y la información que necesitamos, ser selectivos».   

El Observatorio de la Responsabilidad Social de las Empresas (ORSE) publicó a finales de 2011 un estatuto que incita a las empresas a manejar de mejor manera su correo electrónico, que puede transformarse, según el ORSE, «en una herramienta devastadora».

Conscientes del problema, empresas como Canon Francia incitan a sus 1.800 empleados a no utilizar su buzón de correo una vez cada tres meses, para así privilegiar los intercambios cara a cara.

Según ORSE, el 56% de los usuarios pasa más de dos horas al día administrando su buzón de correo y el 38% recibe más de 100 mensajes al día. El 65% declara revisar su correo electrónico cada hora, pero en realidad lo hacen mucho más a menudo, a veces cada cinco minutos.             

En la actual era de la información en la que te encuentras rodeado de redes sociales, mensajes de texto, feeds RSS, plataformas de streaming y una variedad de opciones más para enterarte de lo que sucede alrededor del mundo, no es necesario buscar los contenidos, son estos los que llegan hasta ti.

Por consiguiente, es necesario crear filtro, tener una disciplina para poder surfear en este mar de información y mantener un buen equilibrio, además de crear dieta informativa ante la avalancha de información que nos inunda por todos los medios y canales posibles. Es importante elegir con cuidado nuestras fuentes de información.