El funcionamiento de los ecosistemas es una materia compleja que engloba toda una serie de aspectos de naturaleza biológica y ambiental, sin dejar de lado las complejas interacciones que caracterizan la ecología de un sistema dinámico. Esto lleva a la necesidad de anticipar y predecir cómo los eventos que tienen lugar dentro del medio ambiente pueden afectar el funcionamiento de los ecosistemas y causar un efecto conocido como degradación ambiental.

La degradación del medio ambiente puede definirse como cualquier alteración ambiental que dé lugar a efectos indeseables o dañinos que afecten negativamente su funcionamiento. Esta definición resulta comprensiblemente amplia pues debe abarcar toda una variedad de alteraciones provenientes tanto de los humanos (contaminación, extracción de recursos y daño a la biodiversidad) como del medio ambiente (catástrofes naturales, inundaciones estacionales y variaciones ambientales) y requiere además un extenso seguimiento para constatar que el efecto sobre el ecosistema sea verdaderamente negativo.

Muchas de las alteraciones que se dan en el medio ambiente producen un efecto neto más o menos neutral, después de todo la ecología de los ecosistemas les permite regenerarse hasta cierto punto. Sin embargo, cuando un daño se hace suficientemente severo como para poner en entredicho los mecanismos ecológicos que definen el funcionamiento del medio ambiente, entonces con seguridad se está dando un caso de degradación ambiental.

Alteraciones interconectadas

La propia forma tan compleja en la que los componentes del ecosistema interactúan entre sí hace que muchas veces sea difícil definir cuáles alteraciones son la causa de la degradación ambiental y cuáles son sus efectos. Por tanto, muchas veces se considera más práctico describir las alteraciones como parte de una red interconectada de efectos que se potencian entre sí.

Por ejemplo, la pérdida de biodiversidad es considerada uno de los principales Indicadores de degradación ambiental, pero en muchos casos la propia desaparición de las especies conlleva una disminución en la capacidad del ecosistema para autorregularse, lo que por supuesto acelera su degradación.

De igual manera la destrucción de los hábitats  es un símbolo inequívoco de la degradación ambiental, pues un ecosistema que se degrada hasta el punto en el que ya no puede soportar la vida de animales y plantas difícilmente será capaz de restaurarse por sí mismo. Además, un hábitat que desaparece pone una mayor presión sobre todos los que le rodean pues obliga a las especies desplazadas a buscar nuevos sitios donde vivir.

Deterioro irreparable

De esta manera sabemos que cada evento de degradación ambiental conlleva una amenaza creciente a la estabilidad del medio ambiente y a la biodiversidad de los ecosistemas. Esto se debe a que cada alteración, sea de origen humano o ambiental potencia el efecto de las próximas generaciones causando un efecto acumulativo que puede alterar de manera permanente el equilibrio ecológico del ecosistema.

Otro aspecto vital a tener en cuenta es que la degradación ambiental no solo afecta a los organismos y a la biosfera sino que también recae directamente sobre nuestra calidad de vida, un medio ambiente desbalanceado y comprometido simplemente no será capaz de proveer los servicios ecosistémicos que nuestra sociedad necesita para funcionar.