La selva amazónica es la mayor selva del mundo y abarca alrededor de 9 naciones sudamericanas, de las cuales es Brasil quien alberga la mayor parte de la misma. Catalogada como el pulmón vegetal del mundo, se estima que ha perdido alrededor de un millón de kilómetros cuadrados de masa vegetal. Son varios factores los que están llevando al colapso este enorme pulmón vegetal.

La intensa explotación maderera, la expansión de áreas para el cultivo de la soja y la creación de inmensos pastizales para la ganadería extensiva u otros aspectos como la minería, han diezmado la vegetación y la vida animal reduciendo las zonas selváticas a un ritmo alarmante en los últimos 20 años.

La tala indiscriminada e ilegal y los numerosos incendios forestales no solo afectan negativamente los ecosistemas y disminuyen la biodiversidad, sino que dejan expuesto el suelo de tal manera que las tormentas tropicales producen un deslave de los nutrientes, volviendo áridas aquellas zonas de lo que una vez fue una selva fértil.

Muchos especialistas consideran que si continúa este proceso de deforestación, el cambio climático puede llegar a ser irreversible, siendo el 20 % del total de la selva el límite crítico.

Una problemática que abarca toda Sudamérica

Factores económicos han incidido notablemente en esta destrucción. Brasil exporta cantidades cada vez mayores de carne de bovino, madera y soja. Siendo China y algunos países de la Unión Europea y Estados Unidos sus principales clientes. Otros países como Perú, Colombia y Venezuela también se han sumado a este proceso destructivo, especialmente en la extracción de valiosos minerales.

Razones gubernamentales estimulan los grandes proyectos de desarrollo agrícola, centrales hidroeléctricas, gasoductos, construcción de carreteras, minería así como plataformas de extracción petrolera tienen una fuerte incidencia en esta catástrofe, en la mayoría de los casos, entrando en contradicción con las mismas políticas ambientales de estos gobiernos, las cuales pasan a un segundo plano.

Como consecuencias sociales, en la Amazonía viven un 33 millones de habitantes, de los cuales alrededor de un millón lo constituyen las 400 comunidades indígenas, muchas de las cuales que se ven forzosamente desplazadas de sus asentamientos así como cotos de caza, recolección y pesca de los cuales depende su subsistencia.

La selva amazónica es la gran depuradora de la atmósfera al fijar gran parte del dióxido de carbono terrestre y producir el 20 % del oxígeno, por lo tanto, representa una gran barrera frente al cambio climático, además de constituir la mayor reserva de flora y fauna del planeta.

A partir de año 2013 comenzaron a registrarse los incendios de la selva amazónica, los mayores ocurrieron en el 2018 y durante el 2019 cuando se incrementaron en un 83 %, cuyas imágenes satelitales dieron la vuelta al mundo, disparándose las alarmas a nivel internacional.

2020 y 2021 han sido los «verdugos» de la selva amazónica

No obstante, la devastación también se presentó muy fuerte en el 2020, mayormente provocados intencionalmente. La fuerte sequía durante el presente año, aunado a la continua deforestación, hizo que durante el mes de junio se presentaran la mayor cantidad de focos de incendio en la selva amazónica en comparación con los años anteriores.

Todo este panorama pavoroso da cuenta que las autoridades gubernamentales estuvieron lejos de aplicar las medidas necesarias; no se frenó la «limpieza de la tierra» para la expansión de la agricultura, ganadería y minería, por lo tanto, los incendios continuaron.

Todo este carbono devuelto a la atmósfera, producto de los incendios forestales, no hacen más que acelerar el calentamiento global, pues ya no es absorbido; de esta manera, se ha roto el delicado equilibrio de los ecosistemas selváticos. Los expertos consideran que podríamos estar ingresando, si no lo estamos ya, en un punto sin retorno hacia la transformación de gran parte de la selva amazónica en una inmensa pradera desértica.